Que, aunque parezca raro, tiene que ver con setas y no con simios, orangutanes, monos o micos en general.

Aquí, las cestas aún estaban vacías…

Atención a la cara de felicidad de mi señor padre
Pues bien, hace ya unos días (semanas, y tal vez meses… son las cosas de tener un blog poco actualizado) que nos fuimos a coger setas. Es más, fui 2 veces, una con la visita Catalana-Suiza-Israelí y otra vez con mi amigo Puyal. En ambas ocasiones sabiamente liderados por todo un experto setero, de nombre y apellido iguales al mío. (mi padre, para más señas).
Pues de la primera excursión no tengo documento gráfico, pero sí de la segunda. Aunque el denominador común fue el mismo, había tantas setas que, como dijo mi prima, se te tiraban a la cesta. Te descuidabas un momento, apoyabas la cesta y todas las setas estaban ya zambulléndose dentro del mimbre. Un horror, así no hay quien juegue porque se acaba en seguida la diversión, y hay que volver al coche a descargar.

Posando con los trofeos


Cantarelus, níscalos, boletus… ¡ñam,ñam!
El placer de las setas es múltiple, y va desde el plato (cuando te las comes) al otro plato (cuando te arreas una copiosa comilona tras un día de paseo por el monte). Además, se pueden disfrutar los “incomparables parajes” que ofrece el Pirineo en Otoño.

¡Toma paraje!