¡¡¡Me hago famoso!!! El Altoaragón es el primer paso, de aquí a la portada del Foreign Affairs o la Rolling Stone sólo hay un paso. El caso es que descubrieron este blog los del periódico y me pidieron que les escribiera un artículo, ¡y lo han publicado, qué ilusión!. Debajo de la foto dejo también el texto, por si alguno con mucho tiempo libre le apetece perder un rato.

Desde que llegué a Tel Aviv, hace casi 10 meses, he estado disfrutando todo lo que he podido de lo mucho que ofrece esta “Tierra Santa” compaginándolo con mi trabajo en la Oficina Económica y Comercial. Desde la espiritualidad de Jerusalén al bullicio de Ramallah, de las bucólicas colinas verdes de Galilea y el lago Tiberiades a la serenidad del desierto del Negev y la majestuosa ciudad de Petra. Mucho es lo que he visto, pero todavía más lo que queda por ver, como ya alguien dijo: cuanto más viajas, más grande se hace el mundo.
Me gustan ambos lados, me gustan los israelíes y me gustan los árabes. Los árabes con su desbordante amabilidad, su alegría en el día a día, su increíble caos en el que al final las cosas funcionan, su sonrisa y la algarabía de los niños jugando todo el tiempo en la calle. Con los israelíes me ha costado un poco más, de entrada son más duros, más difíciles o maleducados, pero en cuanto te acostumbras a que esa es su forma natural de vivir, encuentras gente de mirada intensa y serena, gente en la que se puede confiar y con muchísima fuerza para vivir. Acostumbrados como están a que todo su entorno los quiera destruir, viven cada día a más revoluciones de lo que lo hacemos en Europa, sin ningún miedo, es como si fueran conscientes de que todo se puede acabar mañana, y quieren aprovechar lo que tienen.
Ahora están en guerra, bueno en realidad llevan ya décadas en guerra, pero ahora están lloviendo los misiles a los 2 lados de esta frontera. ¿Quién tiene razón? Nadie, desde luego que nadie, pero todos lo están sufriendo. Todas las ciudades del norte de Israel (casi 2 millones de personas) están pendientes de las sirenas, con comercios y colegios cerrados y la gente corriendo a los bunkers cuando van a caer los Katiushas de Hizbulá. Y mientras tanto, Líbano lo han destrozado, no quedan ni puentes ni aeropuertos, el sur de Beirut lo están convirtiendo en un solar y son muchos ya los muertos, terroristas y también civiles.
A Tel Aviv todavía no ha llegado ningún misil, aunque ya nos han puesto en alerta y nos han dicho cómo actuar en caso de sirena: tenemos 60 segundos para llegar al bunker más cercano y sino, tumbarnos en la planta baja del edificio, junto a una pared interior y lo más alejados posible de las ventanas. A mí, que lo estoy escribiendo, me suena tan ajeno como a cualquiera que lo pueda estar leyendo, pero no por eso deja de ser real. La repatriación de Miguel, mi amigo becario de Beirut no es fruto de la imaginación, como tampoco lo son sus noches sin poder dormir por el ruido de los aviones, las bombas y los antiaéreos. Ni son fantasía los katiushas que están cayendo en Karmiel, cerca de la casa de los padres de mi amiga Hagit, una encantadora familia con quien celebré la cena de Pessach, algo como la Navidad pero para los judíos, hace sólo 3 meses. Recuerdo que desde su casa, después del fantástico “seder”, salimos a la terraza y se podía ver un poblado árabe en la colina de enfrente, justo al lado de Karmiel, y recuerdo las baklavas que nos compramos allí, en una pastelería árabe, de camino a la cena. Me hablaban de que son sus vecinos y conviven pacíficamente desde hace años, pero ahora, los cohetes que vienen del Líbano no creo que distingan entre judíos o árabes en el momento de explotar.
Desde Tel Aviv y en primera persona, hay aspectos que me siguen sorprendiendo. La gente no tiene miedo; Nasrala, el líder de Hizbulá, lleva días diciendo que sus misiles pueden llegar a cualquier lugar y hoy mismo han interceptado uno de largo alcance dirigido hacia el interior de Israel. Y aún así, casi nadie vive asustado. Ayer estuvimos cenando con Shilo, un amigo israelí de origen yemení, nos contaba que aquí todos han hecho un servicio militar de 3 años (2 años las chicas), y muchos en lugares más peligrosos que Tel Aviv. Él nos decía que mientras estuvo haciendo la mili era normal que sonaran las alarmas en su campamento y tuvieran que correr al bunker, porque estaban cayendo cohetes y disparos. Y no al azar, como ocurre ahora, sino dirigidos directamente contra ellos. Para él la posibilidad de que caiga alguno en Tel Aviv no es más peligrosa que ir en moto y tener un accidente.
Así que, no sorprende que en esta ciudad la vida siga transcurriendo con total normalidad, las playas están llenas, las cafeterías también, los comercios, los parques, las discotecas… Esta es una ciudad-burbuja, que voluntariamente se quiere aislar de toda la presión que rodea este país, que quiere vivir sin mirar a estos problemas, quiere respirar. Y en estos días se nota más que nunca, todos saben lo que está ocurriendo, pero eso no cambia su vida. Muchos jóvenes saben que mañana los pueden llamar a filas y tendrán que ir al norte, pero eso no evita que hoy estén haciendo surf y esta noche vayan a Clara, la discoteca de moda, con una preciosa terraza sobre el mar y la gente más elegante de Tel Aviv. Discoteca, que por cierto, hace menos de 4 años fue objeto de un atentado con muchos muertos y sin embargo la han vuelto a abrir y se vuelve a llenar.
Pretender ser objetivo es delirante en este conflicto, todos creen tener razones para hacer cualquier cosa, desde la Torah a Allah, desde la construcción de un estado donde no lo había a la expulsión injustificada y opresión de un pueblo, desde la resolución X de la ONU a la resolución Y… Además, no es lo que pretendía, quería dar un punto de vista desde una calle de una ciudad que ni siquiera está en el centro de las bombas. Quería eso y acordarme de los inocentes que mueren y sufren en ambos lados.
P.D. Muchas muchas gracias a Javi BeCairo por postear desde mi casa, mostrándome detalles que a mí se me escapan.
Escuchando: Fito y los fitipaldi